La seducción de la naturaleza muerta se pierde en la vasta historia del arte, al igual que el acalorado debate suscitado por este género pictórico. Es un tema de nunca acabar, como el de la subyugación. Ya que el proceso de pensar el arte se niega a seguir reglas que no sean las suyas propias, tiende a quedarse atrás de los altibajos del desarrollo creativo. Mientras el arte se adelanta a los prejuicios existentes, el orgullo suele cegar a la razón y las emociones.

La naturaleza muerta documenta la historia de la cultura. Es testimonio de cambios de mentalidad y formas de pensar y actuar. Los objetos escogidos dentro del género pertenecen a campos semánticos específicos, tales como tramas privadas o familiares, de placer, ocio o decoración. Pero también se relaciona con momentos de contemplación como vanitas, memento mori, el paso del tiempo y la muerte.

El arte latinoamericano tiende a menospreciar el género y sólo algunos visionarios lo consideran un tipo de arte inagotable. Dichos visionarios incluyen a Diego Rivera (México); Claudio Bravo y sus manojos de objetos (Chile); las cajas y espejos que pinta Santiago Cárdenas (Colombia); Amelia Peláez y sus mesas puestas y las imágenes recortadas de Julio Larraz (Cuba). En Venezuela hay dos exponentes clave: Marcos Castillo y José Antonio Dávila. Castillo (Caracas, 1897-1966) estudió a profundidad el tema cezaniano y terminó recortando sus desbordadas composiciones con capas de pintura tan finas que sus obras parecen acuarelas. Sólo me referiré en este texto a las obras que considero más importantes, pues atrás vienen los seguidores, y por último los plagiarios impulsados por la arrogante falacia de que tienen algún tipo de don especial. Si por el contrario partieran de la humildad y se concentraran en el contenido y la técnica, descubrirían que esos son los aspectos esenciales del género de la naturaleza muerta.

La obra de José Antonio Dávila (Nueva York, 1935) recuerda los trabajos de Sánchez Cotán, así como quizás también a Cézanne. No obstante, aunque estos dos artistas son su punto de partida, Dávila aporta una nueva dimensión a su obra que no sigue las leyes universales.

Es imposible aproximarse a una obra de Dávila sin ser afectado por su misterio. Sus piezas revelan metáforas de una visión perspicaz de la realidad donde lo consciente y lo inconsciente se funden con la experiencia social. Los colores y las formas colaboran para crear armonía y equilibrio, pero una tensión secreta no deja de manifestarse.

Dávila sabe captar la atención del espectador con sus trabajos. Los espectadores suelen creer que saben lo que quieren ver y lo que no. Para defenderse, el artista presenta constantemente escenas sorprendentes donde el espectador siente que hay algo que contempla por primera vez. Y dado que su mirada siempre es un tanto distraída, el artista le coloca una trampa.

De ese modo, enfrentado con la “indolencia del ojo”, el artista suministra el antídoto del trompe-l’oeil. Objetos excesivamente detallados se recortan contra fondos de total simplicidad. Hay un juego dramático de luces y sombras irreales que desconciertan al espectador, y fondos planos. También hay enigmas: pizarras, tizas, fórmulas matemáticas y gatos que nos miran. Una sensación onírica ocupa planos imposibles y surgen vegetales que a veces parecen levitar. Estas composiciones no son azarosas. El ojo humano está acostumbrado a la realidad cotidiana y no es capaz de asumir composiciones inventivas e inesperadas. Dávila aprovecha el espacio habitual y lo inserta en un espacio mental irreal. Así nos convierte en esclavos de la ilusión. Nos desconcierta y nos hace pensar.

Sus obras son cautivantes y seductoras. Nadie pensaría en reflexionar en la sensualidad de una naranja o en la fascinación de una caja que cualquier persona normal tiraría a la basura. O en las tensiones entre una mariposa que representa el presente y la fugacidad del tiempo. Nadie imaginaría que debemos vencer el asalto del consumismo contemplando desechos urbanos.

La obra de Dávila también está cargada de una protesta humanista. La artificialidad del mundo exterior contrasta con la autenticidad del mundo interior. Los objetos que nos rodean dejan una impronta. La memoria ocupa una pizarra borrosa. La esperanza del futuro reposa en la tiza del conocimiento. La fruta cuelga de un hilo como nuestras vidas aleatorias. Artes y ciencias tienen una cualidad duradera. La soledad del hombre es más aterradora cuando se refugia en sí mismo. Hay un drama en el teatro silencioso de la mente.

Todos estos factores se combinan para que la pintura de José Antonio Dávila nos maraville. Más que con pinturas, nos encontramos con el alma. Y el alma nos hace indagar, una y otra vez, sobre el misterio de la naturaleza muerta, que permanece inagotable después de tantos siglos.

Beatriz Sogbe
Junio de 2012

The seduction of still life is lost in the vast history of art, as is the heated debate triggered by this genre of painting. It’s a never-ending topic, just like subjugation. Given that the process of thinking about art refuses to obey rules other than its own, it often tends to lag behind the leaps and bounds of creative development. While art advances ahead of existing prejudices, pride often blinds reason and emotions. Still life paintings document the history of culture. They are testimonies to changes in mindsets and ways of thinking and acting. The objects that are selected within the genre belong to specific semantic fields, such as private or family scenarios, pleasure, leisure or decoration. But they also relate to moments of contemplation such as vanitas, momento morti, the passage of time and death. Latin American art has tended to overlook the genre and only a few visionaries considered it to be an inexhaustible type art. These visionaries included Diego Rivera (Mexico); Claudio Bravo’s bundles of objects (Chile); the boxes and mirrors painted by Santiago Cárdenas (Colombia); Amelia Peláez’s laid tables and Julio Larraz’s pared-down images (Cuba). In Venezuela there are two key proponents: Marcos Castillo and José Antonio Dávila. Castillo (Caracas, 1897-1966) studied the Cézannian theme in depth and ultimately pared down his border-less compositions using such thin layers of paint that his works resembled watercolors. I will only refer to the works I consider most important in this text, for thence come the followers, and finally the plagiarists, who are under the arrogant misconception that they have some kind of gift. On the contrary, their premise should be humility and their focus should be on content and technique, for these are the key aspects of the genre of still life. In José Antonio Dávila’s work (New York, 1935), the work of Sánchez Cotán is brought to mind, as could also be the case with Cézanne. However, while using these two artists as his starting point, Dávila creates a different dimension to his work that does not follow universal laws. It is impossible to walk by one of Dávila’s works without being affected by their mystery. They reveal metaphors of an insightful vision of reality in which conscious and subconscious needs merge with social experiences. Colors and forms come together to create harmony and balance, but a secret tension also comes into play. Dávila captures the spectator’s attention with these pieces. Viewers tend to think they know what they want to look at and what they do not. To defend himself, the artist constantly presents surprising scenes where the viewer feels he is seeing things for the very first time. And as the viewer’s gaze is always somewhat distracted, the artist sets up a trap for him. In this sense, faced with “the eye’s indolence” the artist administers the antidote of the “trompe-l’oeil“. He presents excessively detailed objects on thoroughly simple backdrops. Along with a dramatic play of unreal light and shadow, which disconcerts the viewer, and flat backgrounds. There are also some enigmas: blackboards, chalk, mathematical formulae and cats that watch us. A dream-like feel can be sensed in impossible planes and vegetables that, in some cases, appear to be levitating. These are not chance compositions. The human eye is used to everyday reality and is not suited to taking in inventive, surprising compositions. Dávila takes fruit from its habitual space and implants it in an unreal, mental space. He turns us into “slaves of illusion”. He disconcerts us and makes us think. These works are captivating and seductive. Nobody would think of reflecting on an orange’s sensuality or the fascination of a box that any normal person would throw out in the trash. The tensions between a butterfly that suggests the present and the fleetingness of time. Nobody would imagine the idea that we must vanquish the assault of consumerism by looking at urban detritus. Dávila’s work is also implicitly charged with humanistic protest. The artificiality of the outer world versus the genuine nature of the inner world. The imprint left by the objects that surround us. Memory on a blurry blackboard. The hope of the future in the chalk of knowledge. The fruit that hangs from a thread, like our chance-filled lives. The enduring quality of science and the arts. The terrifying solitude of man who takes refuge in himself. A drama that speaks of the silent theater of the mind. All these factors combine to make us marvel at José Antonio Dávila’s painting. Rather than painting, what we are faced with is soul. And it is the soul that makes us inquire, time and again, into the mystery of how, after so many centuries, still life is a topic that is never exhausted. Beatriz Sogbe June 2012